Iván Gallo – Docente de Educación Religiosa Escolar en Preescolar

    Teniendo un punto de vista más positivo, creo que el COVID-19 nos permitió reconocer nuestras debilidades y entender que no somos tan poderosos como creíamos. El aislamiento, el distanciamiento físico, el cierre de escuelas y lugares de trabajo, son desafíos que nos afectan y es natural sentir estrés, ansiedad, miedo y soledad. Pero también es el momento para los  asumir grandes retos, para la búsqueda de soluciones. No todo fue negativo, aprendimos a convivir nuevamente en familia, a reconocer las preocupaciones y las labores de nuestros seres queridos, a buscar soluciones a muchos problemas nuevos como cocinar o hacer ejercicio desde casa, aprendimos a ser más creativos y emprendedores, a buscar nuevas fuentes de ingresos, pero ante todo a valorar nuestro trabajo y a entender el valor de éste en nuestra vida. Reconocimos que la salud es el fruto de nuestro cuidado y de nuestra familia, nos encontramos con Dios desde nuestro interior, supimos que la familia es lo más importante y que en la unidad se encuentra la felicidad.

    Para la educación, el COVID-19 ha sido un reto formidable, el cierre de los colegios nos cambió los paradigmas de la educación presencial, los colegios tuvieron que asumir nuevas y novedosas acciones para llegar a sus estudiantes de la mejor forma posible. La virtualidad llegó y nos obligó a actualizarnos, buscar nuevas herramientas y estrategias, a buscar nuevas tecnologías para entender ahora más que nunca, que la educación requiere de la participación tanto del colegio como de la familia. Hoy podemos decir que la educación se establece de forma diferente, más actual y tecnológica. Los cambios no siempre son negativos, lo que es doloroso nos ayuda a fortalecernos y tomar nuevos rumbos, retos que se asumen con humildad, pero con esfuerzo y dedicación.