Recordando a Lucho Hernández

Este año, el colegio tuvo una gran pérdida. Un titán del deporte que nos dejó un legado invaluable a todos los que tuvimos la fortuna de estar en sus clases y sus entrenamientos: Luis Antonio Hernández, o como mucho lo llamábamos, “Lucho”. Cuando recibimos la noticia, llegó intempestiva, y como siempre, inesperada. Inmediatamente empezaron a verse los mensajes de exalumnos, empleados actuales y antiguos, profesores, colegas, padres de familia y estudiantes; de todos los rincones, de diferentes partes del mundo, todos conmovidos y tristes con la noticia, todos unidos por la emoción y el orgullo de haber tenido la fortuna de conocer a un ser humano tan especial.

Te recordamos por tu preocupación sincera por los demás, por tu buen sentido del humor y tu constante compromiso hacia el deber cumplido, definitivamente haces parte de una era del colegio, sus habitantes y su historia. Como prueba de ello, Erika Pacheco, exalumna de la promoción 1994 y antiguamente integrante del equipo de voleibol SGS, del cual lucho era entrenador, dedica unas palabras en su memoria.

El gran Lucho

La primera vez que Lucho y yo nos encontramos, yo estaba en Preescolar, debía tener unos 6 o 7 años, yo estaba jugando a hacer media lunas en la antigua cancha de fútbol y él vino a tomar una foto para algo de una reseña deportiva en el colegio.  Años más tarde, cuando yo ya estaba en Bachillerato, nos volvimos a encontrar cuando me convocó a entrenar voleibol, y como la buena memoria era su gran aptitud, habría de acordarse de esa foto, que aún existía.

Agradezco infinitamente el momento en el que, gracias a su invitación, comencé a jugar voleibol en el colegio, porque habría de comenzar una de las épocas más bellas de mi vida.  A principio de los años 90’s mágicamente la vida reunió un maravilloso grupo de jóvenes que conformamos los equipos femenino y masculino de voleibol, quienes de la mano de Lucho, Javier Núñez y Rossana Parra, desarrollamos un gran amor por el deporte.  El voleibol era nuestra pasión, jugábamos después de la jornada escolar, en todos los recreos en el patio de banderas y los sábados.  Algunas de nosotras, también por el impulso de estos docentes, comenzamos a entrenar en la Liga de Bogotá.

Lo más lindo de esta historia es que además formamos una gran amistad y un vínculo de cariño que siempre ha quedado en nuestros corazones. Tal era el gusto de todos en reunirnos que cuando salíamos a vacaciones, Lucho, de manera voluntaria, organizaba un campamento en el que jugábamos toda la mañana y luego cerrábamos con un asado.  Cuando la jornada se acababa seguíamos muchas veces reunidos en la tienda de la esquina, contando historias y divirtiéndonos con el buen humor que siempre caracterizó este grupo.  Lucho y Javi nos inculcaron también el valor de la amistad, de la camaradería, del gozo por lo sencillo de la vida, porque, antes que nada, lo pasábamos muy bien.  Más allá de los éxitos, derrotas y de la disciplina, que siempre acompañan el deporte, lo que también hicimos fue pasarla rico.  Tal vez, si hay una palabra que haya definido a Lucho es que siempre fue “un bacán”.  Siempre sonriente, amable, entregado a su labor, disponible para compartir e inventar planes que nos gustaran.

El éxito también nos acompañó y en los años 92, 93 y 94, logramos ser el primer equipo de voleibol femenino SGS en obtener resultados sobresalientes en las competencias.  En 1993 jugamos la final Uncoli, quedando subcampeonas. Tuvimos además el privilegio de jugar el primer partido con el que fue inaugurado el coliseo del colegio, que estuvo listo en 1994, fue Voleibol Femenino Mayores, SGS Vs. Marymount.  La mayor parte de las integrantes del equipo titular nos graduamos en 1994, pero lo sembrado cosechó más éxitos en generaciones venideras, pues la puerta quedó abierta para que el voleibol femenino se consolidara como una opción con fuerza en el colegio, y muchos otros equipos lograran grandes resultados en el futuro.

Para muchos de los exalumnos deportistas de esa época, después de graduados, visitar el colegio era la alegría de volvernos a encontrar con Lucho y Javier, y recordar buenos momentos. De hecho, Lucho siempre siguió promoviendo espacios deportivos para los exalumnos, empleados y padres de familia hasta el último día que trabajó en el colegio.

Por los lindos giros de la vida, el destino me llevó años más adelante a trabajar en SGS en el área de Comunicaciones, y así pude seguir compartiendo con él y su familia como colega y amiga. Tuve la alegría de volver a ponerme la camiseta del colegio en nuestro equipo de exalumnos, empleados y padres de familia, en el que también jugaba él y Valentina, su esposa.  Conté con el gusto de organizar los eventos en los que fueron premiados los 20 y 30 años de servicio de Lucho y Javier, así como los de tantos otros queridos emblemáticos empleados del colegio.  Recuerdo un día estar en el patio de banderas y ver con admiración cómo Lucho seguía enseñando voleibol, 25 años después, con la misma dedicación, ahora a los niños pequeños. Vi también cómo, con su memoria prodigiosa conocía a todos los exalumnos que visitaban el colegio, y sabía su nombre, el año de graduado, quiénes habían sido sus amigos y si había sido o no deportista. Sin duda, fue el más conocedor de las generaciones que pasamos por el colegio durante los 80’s, 90’s, y en el nuevo siglo. A él le encantaba establecer contacto,  recibirlos con cariño, estar pendiente de la vida de quienes habían sido sus estudiantes; a veces, llegaba a mi oficina con recortes de periódico sobre noticias de algún exalumno para que yo los incluyera en la sección de exalumnos destacados. Otras veces lo encontré en la biblioteca mirando anuarios antiguos, y me contaba historias de exalumnos.  Creo que ha sido el más auténtico relacionista público del colegio.

Lucho se pensionó en el año 2015, después de 30 años de servicio, y como la sencillez también fue su característica, no quiso una despedida oficial, pero sí ganó un merecido aplauso de la comunidad en la ceremonia de los grados.  Aunque ya no laborara en la institución, era común verlo a veces de visita en los almuerzos, bazares y apoyando los eventos deportivos de su esposa Valentina y sus hijos Laura y Luis Felipe.

Tras su sorpresiva partida de este mundo, luego de la tristeza queda el corazón cálido de los momentos compartidos.  Hemos estado de acuerdo, con los voleibolistas de los años 90’s, que las palabras que nos quedan son: agradecimiento, amistad, diversión, camaradería, buena persona, sonrisa, bacán, sentido del humor, fortuna de haber compartido con él, entre muchos otros valores que siempre quedarán en nuestros corazones.  Gracias infinitas a la vida por haberlo puesto en nuestro camino.

Erika Pacheco, Prom 1994